Antún Ramos: la víctima que prefiere el perdón

Bojayá, Chocó. El oxígeno escaseaba en la capilla, una estructura de cemento, de no más de 120 metros cuadrados, que albergaba a más de 300 habitantes de Bellavista, cabecera municipal de Bojayá. Adentro, ancianos, mujeres, hombres y niños permanecían con los oídos tapados para mitigar el sonido de las balas que desde el 30 de abril los obligaron a abandonar sus casas de madera y buscar refugio en el templo. Afuera, los autores de los disparos: centenas de guerrilleros del Frente 58 de las FARC y de paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas, estos últimos ubicados en el anillo de cemento que rodeaba la iglesia, tomando como escudo a la población civil.

El estruendo de la muerte retumbó en los oídos de los bojayaseños el 2 de mayo de 2002, cuando los guerrilleros, impacientes por la permanencia de los paramilitares en la zona, desde las 10:15 de la mañana decidieron lanzar cilindros bomba para replegarlos. El primero cayó en una de las casas de los civiles, pero por fortuna solo causó daños materiales. El segundo resultó en un puesto de salud, pero milagrosamente no estalló. Y el tercero, a diferencia de los anteriores, cayó por error en la capilla y causó una de las masacres más dolorosas en la historia del conflicto armado: 79 muertos y 119 heridos, casi el 10% de la población.

Aturdido por la explosión y con la frente ensangrentada por el impacto cuasi mortal de una teja, Antún Ramos, el párroco de la iglesia, les daba instrucciones a los bojayaseños para que huyeran del templo. ¡Somos población civil! Gritaba encabezando el grupo de supervivientes que partían de la capilla, con la esperanza de que los victimarios cesaran los disparos, pero no lo hacían. Así, en medio del fuego cruzado, lograron llegar a unos botes que les permitieron huir por el río Atrato hacia Vigía del Fuerte, un municipio de Antioquia que queda en la otra orilla.

Pese a que ocho días antes el defensor del pueblo había enviado cuatro alertas al Ejército, a la policía, al gobernador y hasta a los ministros de Defensa y del Interior, las advertencias no sirvieron de nada, porque ninguno de ellos hizo presencia hasta el 6 de mayo. Ese día, indignados por la masacre que aunque pudieron no evitaron, según un informe del Grupo de Memoria Histórica, en medio de la persecución a los subversivos causaron la muerte de una mujer de la comunidad, daños en las viviendas y ayudaron a los paramilitares a salir de la selva.

Foto: archivo El Espectador

Antún Ramos: la víctima que prefiere el perdón

Antún Ramos, líder de la comunidad de Bojayá y vocero de las víctimas, recuerda con una serenidad admirable la revictimización de la que ha sido objeto desde que los actores armados llegaron a Chocó: el secuestro de su hermano por parte del Ejército de Liberación Nacional (ELN), el asesinato de su madre a manos de las FARC y el cilindro explosivo que casi le quita la vida el 2 de mayo, todo esto en un solo año, el 2002.

Doce años después, en el marco del proceso de paz que el Gobierno del presidente Santos adelanta en La Habana, Cuba; Antún y otros 11 bojayaseños que asistieron a la masacre viajaron a la isla en busca eso que para las víctimas es tan necesario pero tan esquivo: la verdad, el perdón y la reconciliación. En entrevista con El Ecléctico, Antún comenta la experiencia del encuentro con los guerrilleros, el papel del Estado en la reparación de las víctimas, la importancia de la justicia y de la verdad y cómo ve la participación política de las FARC de cara a la firma del acuerdo.

Usted, que en diciembre del año pasado viajó a La Habana como parte de la delegación de víctimas y que ha seguido el proceso en esa materia, ¿cree que el papel que han tenido las víctimas sí ha sido relevante?

Yo pienso que las víctimas han tenido protagonismo. Uno quisiera que hubiese sido más. Sorprendía que las víctimas de paramilitares y de falsos positivos del Estado fueran también a La Habana, pero al final todos somos víctimas de un país con un proceso en curso. Y eso es lo correcto, porque no se concibe un proceso de paz sin la voz de las víctimas.

Ir a Cuba también sirvió para que nosotros pudiéramos ver el pesar de las FARC, para convencernos de la seriedad y del compromiso de ellos con la paz.

Uno quisiera que el proceso fuera ya, que fuera mucho más rápido, pero son 50 años de conflicto, 50 años de resistencia, 50 años de formación de la subversión, entonces tiene mucha complejidad el proceso.

¿Podría relatarme cómo fue el encuentro de la delegación de víctimas con las FARC?

De Bojayá fuimos 11 personas. Las FARC después de tanto querían pedir perdón, entonces se contactaron con el gobierno de Noruega, que es uno de los garantes, y nos invitaron a la comunidad a ir a La Habana. La comunidad decidió que sí.

Fuimos. Estuvimos reunidos con ellos. Todos hablaron. Yo en lo personal sentí también el dolor de lo causado. Ellos reconocían que ahí metieron las 4 en ese combate, porque murieron muchos civiles. Entonces, real o no, yo llegué convencido de que estaban pidiendo perdón sincero.

Fuimos dos días y medio y al tercero nos regresamos. Quedamos con el compromiso de que una comisión de parte del secretariado que iría a Bojayá a pedirle perdón directamente a las víctimas, y así se hizo.

 

Foto: EFE

En un solo año (2002) tuvo que pasar por la muerte de su madre y sus feligreses, que sé que para usted eran como su familia. ¿Cómo superar eso y poder contar la historia así ahora? ¿Después de un dolor como esos sí hay espacio para la reconciliación?

En el 2002, aparte de la masacre de Bojayá y de la muerte de mi madre, también el ELN secuestró a mi hermano 65 días. Entonces, de alguna manera, son 3 hechos que para mí y para mi familia fueron muy duros. Es ahí donde tú te tienes que agarrarte de algo para que la mente no se te vaya. La fe, las ganas de vivir y la resistencia que tenemos los pueblos afros de acá, te dan elementos para que tú puedas sobreponerte a estas dificultades.

¿Cómo ha sido la reparación del Estado a las víctimas de Bojayá y cómo cree que sería una reparación integral?

Las víctimas han sido reparadas dándoles cosas. Pasaron el pueblo a otro sitio un poco más alto, donde no se inunda. Les dieron casas y algunos recursos económicos. Pero desde ahí se han presentado unas situaciones muy complejas, toda vez que a un pobre, que se gana un salario mínimo, tú le das 200 o 300 millones y es una locura.

Aunque ha habido reparación, y ha habido algunos acompañamientos, pienso que faltaron muchos proyectos productivos que los hagan más independientes, que les den herramientas para que trabajen y se procuren lo necesario ellos, y no mantener esa dependencia del Estado. Además, para muchos pueblos la condición de desplazamiento se volvió permanente porque no hubo un acompañamiento. Faltó un poco más de reparación, tanto en lo material como en lo espiritual.

Desde el inicio del proceso en La Habana, las FARC han dejado claro que ellos son víctimas del conflicto. Usted, que es víctima de ellos, ¿también los ve así?

Bueno, cuando tú los escuchas a ellos es distinto. La gran mayoría nos contaba cosas que en lo particular yo desconocía. A muchos les han matado familiares también. Ellos entran a las filas de las FARC por presión de la Fuerza Pública, por presión de los paramilitares o por gusto; pero de alguna manera ellos han sido víctimas del Estado.

Reales o no esas afirmaciones de ellos, aquí todos somos víctimas. Las FARC, incluso, también son víctimas de su pensamiento, de pensar que pueden llegar a dirigir un país como este, que tiene una democracia de muchos años.

Cuando hablé con un guerrillero, creo que fue con Pablo Catatumbo, me dijo que ellos también están cansados de la guerra. La guerra da muchos traumas, muchos temores, y a ellos también les da miedo.

Según el quinto punto del acuerdo también es competencia de la Jurisdicción Especial para la Paz juzgar a los agentes del Estado. Algunos sectores radicales consideran que eso es igualar los agentes del Estado con los guerrilleros. ¿Usted cree que integrarlos es un avance, o un retroceso?

Yo creo que una cosa son los ilegales y otra cosa son los legales. El Ejército está encargado de mantener la soberanía, la policía el orden, entonces sí tienen que tener un tratamiento distinto.

Pero claro, para alcanzar la paz se deben hacer grandes concesiones a los dos lados. No se debería, pero al final en la guerra tú tienes que derrotar a tu enemigo, y tú lo haces con las herramientas que tengas a la mano, con armas convencionales y no convencionales, con métodos legítimos o no legítimos.

Al final los militares siempre tendrán más ventaja frente a los que se reinsertan a la vida civil, porque ellos tienen todo un aparato militar. Mientras que con los ilegales se pueden presentar situaciones de exterminio, como lo fue el caso de la UP.

Bueno, ahí se genera debate porque hay que tener en cuenta que los militares son los garantes de los derechos humanos, las penas deberían ser más altas…

Sí, claro, por eso te digo. Quien dentro de lo legal cometa actos atroces debe ser judicializado y condenado, porque al final uno espera que el legal actúe como legal. Pero lo que hemos dicho hasta el final es que tú procedes como a ti te parezca porque piensas que la justicia te va a proteger, y no debe ser así.

Para conseguir la paz nosotros nos tenemos que tragar una cantidad de sapos. Tenemos que abrazarnos, reconciliarnos, porque es imposible llegar a la paz con odios, queda un detonante ahí que puede estallar en cualquier momento

¿Cómo ve la Comisión de la Verdad que se propuso en La Habana?

Debe ser una Comisión donde esté recogido el criterio de los historiadores, los académicos, las víctimas, y quizás que tenga una mínima representación de los actores ilegales. Pero no sé si nosotros estemos preparados para conocer las verdades.

Nosotros no hemos salido todavía de entender que se puede vivir en medio de la reconciliación. Para eso hay que procesar todas las situaciones que trajo consigo el conflicto armado, para saber todos los que ayudaron, todos los que de una u otra manera participaron en el conflicto.

La comisión se necesita porque no hay verdad total. No la verdad del Estado, no la verdad de la guerrilla, una verdad sin parcialización, que eso es lo que se necesita para uno como víctima quedar tranquilo.

Según entiendo, entonces no hay paz sin verdad. Pero en Colombia el debate de la paz gira en torno a la justicia. ¿Para usted, como víctima, y qué es más importante?

En una pacificación todo es importante. La justicia, porque al final, todo el que agrede tiene un mínimo castigo. Las FARC tienen claro que ellos a la cárcel no van a ir, y ellos nos lo hicieron saber. Es muy duro para uno ver que ellos cometen delitos y que no van a tener cárcel. Eso va a generar muchas complicaciones.

Yo me atrevería a asegurar que el conflicto de por sí es grave, pero más grave es lo que viene si no lo sabemos manejar. Si alguna de las partes: la verdad, la justicia y la reconciliación no funcionan, el conflicto se detona, porque no va a ser fácil tú ver a tu agresor en una mesa, en un almuerzo, en un carro, en una casa bonita, y tú pensar: mira, pero él me agredió tanto y ahora lo premian. Entonces no hay que priorizar una cosa sobre otra, hay que jalonarle a las tres partes y darle a todos los colombianos una sanación integral.

Las FARC han dicho que no irán a la cárcel porque no están en rendición; pero se ha propuesto un modelo de justicia restaurativa, ¿cree que eso es conveniente en este proceso?

Yo creo que las penas alternativas también hacen parte de la justicia punitiva. La cárcel es una derrota de la humanidad, es decir: la sociedad no logró formar a esos individuos y por eso tienen que encerrarlos. Y rara vez alguien sale de la cárcel resocializado, porque las condiciones en las que están en la cárcel son caldo de cultivo para que salgan más expertos en delinquir. Entonces, yo creo que las penas alternativas para la consecución de la paz deben existir.

¿Qué opina de la participación en política de las FARC?

Al final ese es el ideal por lo que ellos han luchado. Mujica, Ortega, Petro y Navarro Wolf ya han mostrado estas situaciones. Ellos ahora tratarán de llegar al Congreso, a la Presidencia y a las distintas corporaciones por medio del voto popular, pero lo veo muy difícil.

Ojalá llegaran, ojalá pudieran debatir todas sus ideas revolucionarias y ponerlas sobre la mesa, para que nosotros como ciudadanos podamos decidir si apoyamos sus propuestas o no. Y bueno, la participación en política es mejor, porque es preferible que se discuta con proyectos a que todos nos demos bala.

 
Por María Camila Luna
@mariacamilalun6

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